En memoria del sensei Anno Motomichi (1931-2026)

Ayer, 1 de febrero de 2026, el mundo de la aikidō perdió una de sus luces más puras. Con la partida del sensei Anno Motomichi, se cierra un capítulo fundamental de la historia directa de esta vía marcial. Nos deja un maestro que no solo dominó la técnica, sino que encarnó el espíritu de paz y el “corazón de oro” que el sensei Ueshiba Morihei soñó para sus sucesores. Con sobriedad y profundo respeto, dedicamos estas líneas a honrar su memoria y su incalculable legado.

Anno Motomichi fue mucho más que un alto grado en la jerarquía dela aikidō mundial; fue un «maestro del corazón». Poseedor del 8º dan, su figura representaba una síntesis perfecta entre el guerrero y el artista. Su camino no se limitó a la tatami: su dominio de la jūdō, la iaidō y la danza clásica japonesa otorgaron a su movimiento una elegancia y profundidad únicas.

Fue, ante todo, un hombre de la tierra; granjero y amante de la naturaleza, encontraba en el cultivo y en la caligrafía, que practicó durante décadas, la misma verdad que en la técnica marcial. Se le definía como un hombre de una humildad radiante, capaz de transformar la hostilidad en armonía. Para muchos, Anno fue la prueba viviente de que la aikidō es una vía de purificación (una misogi) que se nutre tanto del pincel como de la espada y el respeto por la vida.

Nacido en 1931 en la prefectura de Wakayama, la vida de Anno Motomichi estuvo indisolublemente ligada al paisaje sagrado de Kumano. En este entorno de montañas densas y cascadas purificadoras, Anno creció bajo la influencia de una espiritualidad natural que más tarde trasladaría a la tatami. Su formación fue un proceso de maduración lenta y constante, muy similar al ciclo de la tierra que tanto amaba. Su juventud estuvo marcada por la disciplina de la jūdō, que le proporcionó una base física sólida, pero fue en el contacto con las prácticas más tradicionales y el trabajo en el campo donde empezó a forjar esa visión integral del desarrollo humano que lo caracterizaría siempre.

El linaje de Anno Motomichi es uno de los más prestigiosos y directos de la aikidō histórica. En 1954, comenzó su andadura en el célebre Kumano Juku Dōjō, donde tuvo el privilegio de estudiar bajo la tutela directa de Ueshiba Morihei durante quince años, hasta su fallecimiento. Esta relación directa marcó el núcleo de su práctica, recibiendo las enseñanzas del Ōsensei en un entorno donde lo marcial y lo sagrado se fundían. Junto a esta influencia primordial, la figura de Hikitsuchi Michio —quien recibió el 10º dan de manos de Ueshiba— fue central en su vida. Anno caminó décadas al lado de Hikitsuchi, consolidando el estilo de Shingu como una vía de preservación de las enseñanzas más profundas y esotéricas del arte.

El aikidō de Anno Motomichi se distinguía por una suavidad profunda que, lejos de ser debilidad, era la máxima expresión del control. Su técnica no buscaba la colisión, sino la disolución del conflicto antes de que este se materializara. En la tatami, su enseñanza huía del autoritarismo; enseñaba a través de la alegría y una paciencia inagotable, recordándonos siempre que el verdadero objetivo no era proyectar al compañero, sino limpiar el propio corazón. Su pedagogía era un reflejo de su práctica de la caligrafía y la danza: cada movimiento tenía un ritmo, un espacio y una intención clara de no dañar, encarnando el concepto de take musu aiki como un proceso creativo y vital.

A lo largo de su trayectoria, Anno Motomichi fue reconocido con el 8º dan de aikidō, uno de los grados más altos otorgados por la Fundación Aikikai. Tras el fallecimiento de Hikitsuchi Michio en 2004, asumió la responsabilidad de ser el instructor jefe del Kumano Juku Dōjō, cargo que desempeñó hasta 2013 antes de fundar su propio espacio, el Funada Dōjō.

Su principal legado escrito quedó recogido en la obra de Linda Holiday, Journey to the Heart of Aikido: The Teachings of Motomichi Anno Sensei (Blue Snake Books, 2013). Este libro no es solo una biografía, sino una transcripción meticulosa de sus enseñanzas y conferencias, permitiendo que su visión del arte llegara a una audiencia global. Su labor de difusión fue constante, viajando en numerosas ocasiones a Estados Unidos (especialmente a California) para impartir seminarios que unieron la tradición de Shingū con practicantes de todo el mundo.

La influencia de Anno Motomichi se extendió mucho más allá de las fronteras de Japón, creando un puente sólido entre la tradición de Kumano y Occidente. Su alumna más cercana y reconocida en el ámbito internacional es Linda Holiday, quien tras estudiar con él en Shingū durante años, fundó la Aikido of Santa Cruz en California. A través de sus visitas regulares a Estados Unidos, Anno formó a una generación de practicantes que buscaban no solo la eficacia técnica, sino la dimensión espiritual del arte. Su generosidad en la enseñanza permitió que su visión de la aikidō arraigara en dōjō de Europa y América, donde siempre fue recibido como un referente de la «vieja escuela» de Shingū, caracterizada por su pureza y su vinculación con los principios de la budō tradicional.

En el ámbito español, la figura del sensei Diego Espinosa destaca como el principal transmisor de este linaje. Espinosa, quien residió y entrenó profundamente en el Kumano Juku Dōjō, mantuvo una relación de discípulo con el sensei Anno que se ha extendido durante décadas. Gracias a este vínculo directo, el estilo y la filosofía de Anno Motomichi han encontrado en España un cauce de difusión serio y constante, preservando la técnica y el espíritu de Shingu en la práctica de algunos dōjō nacionales.

Con la partida de Anno Motomichi, la aikidō contemporánea pierde a uno de sus últimos testimonios directos; un puente vivo que unía la era del Fundador con la práctica del siglo XXI. Su importancia reside en haber demostrado que el rigor marcial no está reñido con la amabilidad y que la técnica más depurada es aquella que nace de un corazón en paz. Su legado no se mide solo en los grados otorgados o en los dōjō fundados, sino en la huella indeleble de humildad y gratitud que dejó en cada persona que compartió la tatami con él. El sensei Anno nos enseñó que la aikidō es una herramienta para sanar el mundo, recordándonos que, al final del camino, «el amor es la única victoria».

Despedimos hoy a un hombre sencillo, a un granjero que cultivó tanto la tierra como el espíritu, y a un maestro que hizo de su vida una caligrafía de paz. Que su ejemplo de pureza y alegría siga guiando nuestros pasos en el camino.

Descanse en paz, sensei Anno Motomichi. Gracias por todo.

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