
Por Jordi Botella de Maglia
En estos días en los que el mundo vuelve a contemplar con inquietud el estallido de un nuevo conflicto armado, muchos practicantes de la aikidō (la vía de la unión con la energía vital), nos sentimos inevitablemente interpelados por una pregunta profunda: ¿qué puede decir la aikidō ante la guerra? La cuestión no es trivial. La aikidō pertenece a la tradición de la budō (la vía marcial) japonesa, y por tanto hunde sus raíces en disciplinas que nacieron en contextos históricos estrechamente vinculados a la guerra. Sin embargo, al mismo tiempo, la aikidō se presenta como una vía espiritual que afirma con claridad que el verdadero sentido de la budō no consiste en la destrucción del adversario. Esta aparente paradoja merece ser considerada con atención.
El fundador de la aikidō, Ueshiba Morihei, vivió en una época profundamente marcada por los conflictos bélicos. Fue testigo del auge del militarismo japonés y de las devastadoras consecuencias humanas y espirituales de la guerra. Su propia evolución personal lo condujo a una transformación profunda de su comprensión de la budō. A partir de sus experiencias espirituales y de su reflexión sobre la naturaleza del conflicto, llegó a formular una idea que, en el contexto de las artes marciales, resultaba profundamente radical: “La verdadera budō es el amor. Es el trabajo de proteger y nutrir todas las cosas”.
En esta afirmación se encuentra una de las claves más profundas de la aikidō. Ueshiba no niega la existencia del conflicto ni ignora la realidad de la agresión. Tampoco propone una actitud ingenua o pasiva ante la violencia. La aikidō estudia con enorme precisión la dinámica del ataque y de la confrontación. Cada técnica comienza precisamente con un ataque real: un agarre, un golpe o una intención agresiva claramente manifestada. Sin embargo, el objetivo de la aikidō no es destruir al adversario, sino transformar la relación que ha generado el conflicto.
Desde esta perspectiva, la aikidō propone una comprensión muy distinta de lo que significa vencer. En muchas tradiciones marciales la victoria se identifica con la derrota del enemigo. En cambio, Ueshiba formuló una idea muy diferente cuando afirmó: “La verdadera victoria es la victoria sobre uno mismo”. Esta frase, tantas veces citada, adquiere en el contexto de la aikidō un significado muy concreto. El primer adversario al que debemos enfrentarnos no es la persona que nos ataca, sino nuestras propias reacciones instintivas: el miedo, la agresividad, la rigidez mental que nos impulsa a responder a la violencia con más violencia. Cuando estas reacciones gobiernan nuestra conducta, el conflicto tiende inevitablemente a intensificarse.
La práctica de la aikidō intenta precisamente lo contrario. En lugar de responder al ataque mediante una oposición frontal, busca modificar la relación dinámica entre las fuerzas en juego. El practicante aprende a recibir el ataque, a absorber su energía, a cambiar el ángulo del encuentro y a redirigir el movimiento de manera que el conflicto pierda su carácter destructivo. Desde el punto de vista técnico, este principio se expresa mediante desplazamientos del cuerpo, movimientos circulares y técnicas que transforman la línea de fuerza del ataque. Pero más allá de su dimensión técnica, se trata en realidad de un principio de armonización. Por ello Ueshiba afirmaba también: “la aikidō es el arte de la paz”. Esta conocida expresión no debe entenderse como una simple declaración idealista. Lo que Ueshiba quiso señalar es algo mucho más exigente: la aikidō es una disciplina que intenta comprender el conflicto en su raíz para transformarlo antes de que se convierta en destrucción. Si observamos la guerra desde esta perspectiva, resulta evidente que representa exactamente lo contrario del espíritu de la aikidō. La guerra es la expresión extrema de la lógica de la confrontación directa. Es el momento en el que dos voluntades colectivas deciden resolver sus diferencias mediante la imposición de la fuerza. Una vez que este mecanismo se pone en marcha, la dinámica del conflicto tiende a intensificarse por sí misma: cada acción genera una reacción, cada ataque provoca un contraataque mayor y el proceso termina alimentándose hasta producir niveles de destrucción cada vez más amplios.
Desde la perspectiva de la aikidō, esta dinámica refleja un fracaso profundo de la inteligencia humana. No se trata únicamente de un problema político o estratégico. Es, en realidad, una incapacidad para comprender la naturaleza del conflicto. En la tatami (la superficie de prácticas) aprendemos una lección sencilla pero sorprendentemente profunda. Cuando alguien empuja con fuerza, resistir directamente suele provocar que empuje aún más. La oposición frontal alimenta la intensidad del ataque. Pero cuando, en lugar de resistir, somos capaces de cambiar el ángulo del encuentro, de desplazarnos y de guiar la energía del ataque hacia otro lugar, el conflicto pierde gran parte de su fuerza.
Este principio técnico posee también una dimensión humana y social. La aikidō nos enseña que la violencia rara vez se resuelve mediante un incremento de la violencia. Cada escalada tiende a generar una respuesta aún mayor. La historia de las guerras humanas ofrece innumerables ejemplos de esta dinámica. Por ello Ueshiba afirmaba también: “El objetivo de la budō no es aplastar al adversario, sino impedir que exista un enemigo”. Esta afirmación expresa una comprensión muy profunda del conflicto. La figura del enemigo no es únicamente una realidad objetiva; es también una construcción mental que se alimenta del miedo, del resentimiento y de la desconfianza. Cuando esa construcción se consolida, la posibilidad de encontrar una vía de armonización se vuelve cada vez más difícil.
La aikidō intenta cultivar una actitud diferente. En la práctica cotidiana aprendemos a percibir al atacante no como un enemigo absoluto, sino como un compañero que nos permite estudiar la dinámica del conflicto. El uke (el que recibe la técnica) y el tori (el que hace la técnica) no son adversarios en sentido estricto; son dos papeles complementarios que cooperan para explorar un mismo proceso. El ataque existe, pero no se transforma necesariamente en enemistad.
En el pensamiento de Ueshiba aparece con frecuencia una expresión que resume de manera muy clara esta idea: masakatsu agatsu, «la verdadera victoria es la victoria sobre uno mismo». Esta enseñanza recuerda que el conflicto exterior está profundamente ligado a la forma en que cada ser humano gestiona sus propios impulsos interiores. Cuando la agresividad, el miedo o el orgullo gobiernan nuestras acciones, el enfrentamiento tiende a reproducirse indefinidamente.
Sería ingenuo pensar que una disciplina como la aikidō puede ofrecer soluciones directas a conflictos internacionales complejos. Las guerras nacen de factores históricos, políticos y económicos que exceden con mucho el ámbito de una práctica marcial. Sin embargo, esto no significa que la aikidō carezca de algo importante que aportar. Cada vez que practicamos en la tatami estamos explorando una forma diferente de relacionarnos con el conflicto. Cada técnica constituye un pequeño experimento en el que intentamos comprobar si es posible transformar una agresión en una relación armoniosa. En este sentido, la aikidō funciona como un verdadero laboratorio de convivencia humana. Ueshiba expresó esta idea de una manera especialmente hermosa cuando dijo: “la aikidō es el camino para reconciliar el mundo y hacer de los seres humanos una sola familia”.
Tal vez esta afirmación pueda parecer utópica en un mundo en el que las guerras siguen sucediéndose. Sin embargo, las grandes transformaciones humanas siempre han comenzado como ideas que parecían imposibles. La aikidō nos recuerda que la violencia no es una ley inevitable de la naturaleza humana. Es una posibilidad entre otras. La manera en que respondemos al conflicto depende en gran medida de nuestra comprensión y de nuestra capacidad de transformar nuestras propias reacciones.
Por ello, aunque la aikidō no pueda detener una guerra, sí puede contribuir a formar seres humanos capaces de comprender el conflicto de una manera diferente. Practicar la aikidō significa entrenar el cuerpo, pero también educar la percepción, la sensibilidad y la responsabilidad ética ante la violencia. En última instancia, quizá el mensaje más profundo de la aikidō sea que la verdadera fuerza no reside en la capacidad de destruir al adversario, sino en la capacidad de transformar la relación que ha generado el conflicto. Allí donde la lógica de la guerra afirma que la victoria consiste en imponer la propia voluntad, la aikidō propone una visión distinta: la victoria más alta es aquella que hace innecesaria la destrucción.