
Por Jordi Botella de Maglia
Dedicado a un joven practicante que ha comenzado recientemente su camino en el aikidō.
En nuestra práctica diaria existe un umbral invisible, una frontera que no se encuentra en la tatami (la superficie de práctica), sino en el marco de la puerta de nuestra propia casa. Es ese instante en el que el cuerpo pesa, todo nos duele (la cabeza, la cadera, etc.), la mente comienza a inventar excusas y el entusiasmo parece haberse desvanecido. Es entonces cuando surge, como un eco de los antiguos maestros, una frase que todo practicante de la aikidō (la vía de la unión con la energía) ha escuchado alguna vez: «Cuando menos ganas tienes de ir al dōjō es cuando más lo necesitas».
Desde que empecé a practicar la aikidō he escuchado esta frase muchas veces, tanto de maestros como de compañeros. Con el paso de los años ha ido resonando cada vez más en mí, y se hace especialmente presente cuando, día sí y día no, debo desplazarme de Salamanca a Valladolid para acudir al dōjō Kanazawa, de mi estimado sensei Pedro Jáñez. Esos días mi “práctica” comienza hacia las 16:30 h y termina cuando finalmente regreso a casa, cerca de las 24:00 h. Como podéis imaginar, en esos momentos es muy fácil dejarse llevar por mil excusas.
A primera vista, esta frase parece solo una regla de conducta. Pero si nos detenemos a pensar en ella descubrimos que encierra algo más profundo: señala directamente al modo en que se forma el carácter de un practicante.
Si observamos con atención, la estructura de esta máxima es muy sencilla. Divide la experiencia en dos elementos opuestos: por un lado están las ganas, y por otro la necesidad. Las ganas cambian constantemente. Dependen del cansancio, del estado de ánimo, del trabajo, del clima o incluso de lo que estén poniendo en ese momento en la televisión. La necesidad, en cambio, es diferente. Tiene que ver con aquello que realmente necesitamos para crecer, aunque en ese momento no tengamos ganas de hacerlo.
Por eso, cuando decimos que necesitamos más la práctica precisamente cuando menos ganas tenemos, aparece una especie de lógica inversa. La resistencia mental que sentimos no es un obstáculo para la práctica: en realidad forma parte de ella. Ir al dōjō cuando tenemos entusiasmo es fácil. Lo verdaderamente importante ocurre cuando nos presentamos a pesar de la pereza o del cansancio. En ese momento la keiko (la práctica) comienza incluso antes de ponerse el keikogi (el traje de práctica).
Esta enseñanza forma parte de la filosofía de la budō (la vía marcial). En la aikidō buscamos la unión (ai) con la energía vital (ki), pero ese encuentro no aparece por casualidad. Requiere esfuerzo, constancia y una cierta disciplina interior. Por eso el dōjō no es simplemente un club social ni un gimnasio. Es, en cierto sentido, un lugar de despertar.
Cuando cruzamos la puerta del dōjō a pesar de la desgana descubrimos algo muy importante: muchas de las barreras que sentimos no son reales, sino construcciones de nuestra propia mente. Al atravesar ese umbral estamos realizando un pequeño acto de soberanía personal. Estamos diciendo que nuestra voluntad es más fuerte que nuestra comodidad. Y es precisamente en esas clases “difíciles” donde comienza a forjarse el fudōshin, el «corazón inamovible»: esa calma interior que permanece estable incluso cuando aparecen las dificultades.
Aunque su tono pueda parecer exigente, esta máxima no es un reproche. En realidad es una invitación. Nos recuerda que todos, desde el principiante hasta el practicante más experimentado, sentimos a veces pereza o duda. Pero también nos recuerda algo muy importante: que la constancia es una de las fuerzas más poderosas del aprendizaje.
En un mundo que a menudo busca resultados rápidos y gratificaciones inmediatas, la práctica de la budō nos enseña algo diferente: que el verdadero progreso nace del esfuerzo tranquilo y continuado.
Al final de la clase, casi siempre ocurre lo mismo. El cansancio inicial se transforma poco a poco en una serenidad clara, como si algo dentro de nosotros se hubiera ordenado de nuevo. Y entonces comprendemos que aquella frase no era una simple norma, sino una verdad que nuestro propio cuerpo ya conocía.
Quizá algún día, cuando lleves muchos años practicando, vuelvas a escuchar esta frase y recuerdes tus primeros pasos en la tatami.
La práctica comienza antes de ponerse el keikogi.