
Jordi Botella de Maglia
En unas horas vamos a poder presenciar un fenómeno astronómico muy especial: un eclipse solar. Un eclipse solar es un fenómeno en el que la Luna pasa entre el Sol y la Tierra. Esto bloquea la luz del Sol de forma total o parcial, dependiendo del lugar desde el que lo observemos, y proyecta una sombra sobre nuestro planeta. Un eclipse es un fenómeno astronómico completamente natural. Quizá por eso me recuerda que el movimiento en la aikidō —la vía de la unificación de la energía— busca inspirarse en el flujo constante de la naturaleza y del cosmos. En la práctica no tratamos de imponer nuestros movimientos, sino de descubrir las leyes que ya gobiernan la realidad y aprender a movernos de acuerdo con ellas, aprender a participar de ellas. Así pues, la contemplación de este eclipse puede ofrecernos algunas valiosas enseñanzas.
La primera es que el conflicto, muchas veces, es sólo una cuestión de perspectiva. Desde la Tierra parece que la Luna “apaga” –por decirlo así– el Sol. Sin embargo, sabemos que el Sol continúa brillando con la misma intensidad. No existe una lucha entre ambos astros; simplemente, durante unos minutos, sus trayectorias se alinean de una manera singular. En la aikidō ocurre algo parecido. Cuando dos personas se encuentran, es fácil interpretar la situación como un enfrentamiento entre dos voluntades. Sin embargo, desde una perspectiva más amplia, el uke y el tori no son enemigos, sino dos movimientos que coinciden durante un instante. La práctica no consiste en vencer al otro, sino más bien en comprender esa relación y transformarla.
La segunda enseñanza es la importancia de la sincronización. Un eclipse sólo puede producirse cuando el Sol, la Luna y la Tierra alcanzan una alineación extremadamente precisa. Basta una pequeña diferencia para que el fenómeno no llegue a producirse. También en la aikidō la eficacia no depende de la fuerza ni de la velocidad, sino de la capacidad para unificar dinámicamente nuestro movimiento con el del compañero. La técnica aparece cuando encontramos el momento oportuno y actuamos en sincronía con él.
La tercera enseñanza nos habla de la ausencia de resistencia. La Luna no empuja al Sol, ni el Sol trata de apartar a la Luna. Ambos siguen su trayectoria obedeciendo las mismas leyes de siempre. El eclipse no nace de una oposición, sino de una relación. Del mismo modo, la aikidō no busca responder a la fuerza con otra fuerza mayor. La transformación surge al comprender la dirección de la energía del ataque y acompañarla hasta conducirla hacia un nuevo equilibrio.
Pero quizá la enseñanza más profunda sea otra. Cuando contemplamos un eclipse tenemos la sensación de que el orden natural se ha alterado. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. El eclipse sólo es posible porque el universo mantiene un orden admirablemente preciso. Lo excepcional nace de la fidelidad a las leyes de la naturaleza. En la aikidō sucede lo mismo. Una técnica no resulta eficaz porque sea artificiosa o espectacular, sino porque respeta las leyes naturales del cuerpo, del equilibrio y del movimiento. Cuanto más profundamente comprendemos esos principios, menos necesitamos imponer nuestra voluntad.
Existe además un aspecto que suele pasar desapercibido. El equilibrio del cosmos no es un equilibrio inmóvil. La Tierra gira sobre sí misma mientras orbita alrededor del Sol; la Luna gira alrededor de la Tierra; el propio Sol viaja por la galaxia. Todo está en movimiento y, sin embargo, el conjunto permanece estable. La aikidō nos enseña esa misma idea. El verdadero equilibrio no consiste en permanecer quietos, sino en conservar nuestro centro mientras todo cambia a nuestro alrededor. La estabilidad no es ausencia de movimiento, sino la capacidad de mantener la unidad en medio del movimiento.
Finalmente, el eclipse también nos recuerda algo profundamente humano. Durante unos minutos, la luz del Sol parece desaparecer. Sin embargo, el Sol continúa brillando exactamente igual; sólo ha quedado oculto desde nuestro punto de vista. También nosotros atravesamos momentos en los que el miedo, la ira o la confusión parecen eclipsar nuestra serenidad. La práctica de la aikidō nos recuerda que nuestro centro no desaparece; simplemente puede quedar oculto por las circunstancias. La tarea del practicante no consiste en luchar desesperadamente contra la oscuridad, sino en permanecer presente, seguir respirando y continuar moviéndose en unidad con la realidad hasta que la luz vuelva a manifestarse.
Quizá ésa sea una de las enseñanzas más bellas que puede ofrecernos un eclipse solar: comprender que la naturaleza no conoce el conflicto, sino el movimiento; no conoce el desorden, sino un equilibrio dinámico. Y tal vez la aikidō no sea otra cosa que el intento, siempre inacabado, de aprender a participar conscientemente de ese mismo orden natural.