Aikido: la solución final

Joaquín Navarro Hevia

Algunos especialistas marciales califican al Aikido como una disciplina ineficaz, porque ha renunciado a una repuesta instantánea, contundente y brusca que quebrante al oponente frente a un ataque. Se comenta que el Aikido no es más que un baile concertado y que sus técnicas no tienen utilidad práctica, como si alguien se las hubiera inventado o sacado de la manga. Sin embargo, estas críticas adolecen de ningún fundamento, ya que lo que sucede con el Aikido es que ha evolucionado y trascendido los conceptos del budo clásico, estancado todavía en ideas terrenales de ataque-contraataque, defensa de choque o en la máxima de “quien golpea primero golpea dos veces”. El Aikido propone una vía de desarrollo espiritual para alcanzar la paz y neutralizar la confrontación.

Respecto a la ineficacia de las técnicas de Aikido, recordemos, en primer lugar, que su fundador Morihei Ueshiba, O’Sensei, se formó durante años en escuelas de bujutsu y practicó diversas disciplinas marciales (sumo, judo, jujutsu, aikijutsu, kyudo, kenjutsu) con suma maestría y habilidad. Es decir, su legado técnico está consolidado en base al estudio, la práctica y la experiencia. Sin embargo, O’Sensei participó además en contiendas en China y fue prisionero de guerra. Estuvo en varias ocasiones cerca de la muerte. Acumuló intensas vivencias en crueles refriegas y enfrentamientos que, unidas a su sólida espiritualidad, le permitieron evolucionar, y le confirmaron la futilidad de la violencia como solución final a los conflictos. La violencia es una mecha que enciende más violencia y que, aun teniendo razón en una disputa, siembra finalmente desazón en los supuestos vencedores, pesadumbre, remordimiento, generando un vacío imposible de restituir, así como rencor y deseos de venganza en las personas sometidas. O’Sensei expresa con contundencia y claridad que no existe otro camino para todas las naciones que el de la armonía y la paz: El camino del guerrero, el arte de la política, es detener el conflicto antes de que se inicie. Consiste en derrotar al adversario espiritualmente, haciéndole ver la locura de su acción. El camino del guerrero es establecer la armonía.

Por otro lado, la destrucción de algo sagrado, como una vida humana, no es banal. Resulta increíble observar cómo en el cine, la televisión, el entretenimiento de las personas se centra en asesinatos, matanzas, venganzas sangrientas, encumbrando en la categoría de héroes a personajes que portan a sus espaldas un terrible historial de muertes. Pretender convencer al ser humano que el exterminio de vidas habilita un camino para alcanzar la pacificación no es más que un puro espejismo. Las soluciones que derraman sangre sólo conllevan dolor y daños colaterales. El resentimiento en los dominados, o los allegados del vencido son inevitables, abriendo una brecha permanente en ellos y una imborrable lacra en el vencedor. Podemos comprobar en la actualidad que los recientes conflictos internacionales enraízan en conflictos de hace siglos, que ya usaron la violencia para resolverse, sin éxito. Las heridas de antaño abren las puertas a las guerras del presente. Ueshiba, ante esto propone posicionarse de manera absolutamente pacífica, para aun sufriendo el mal, superarlo obviando el resentimiento y la venganza. Propone utilizar el mal sufrido como una plataforma desde donde impulsarse para superar la violencia: Agradece siempre, incluso las derrotas, las penurias y a las personas malas. Aprender a moverse con tales obstáculos es una parte esencial del entrenamiento.

O’Sensei vislumbró que había que trascender la solución por la fuerza directa frente al conflicto y que sólo el respeto al oponente, contemplado como un fiel reflejo de uno mismo, como una manifestación explícita del universo, así como la protección a ultranza de la vida, de cualquier vida, aportan el equilibrio armónico y definitivo necesario para conciliar a la persona con el mundo y la naturaleza. Ueshiba converge con la máxima principal del cristianismo, “ama al prójimo como a ti mismo”, que él reconstruye de la siguiente manera: Herir a un oponente es herirte a ti mismo. El arte de la paz es controlar la agresión sin producir daños. O’Sensei, al identificar a uno mismo con el prójimo (Tori ↔ Uke) propone una respuesta favorable para ambos, los pone al mismo nivel ofreciendo una salida honrosa, honesta sin perjudicar a las partes, introduciendo la generosidad, el respeto, la justicia, la humanidad y el bien en la respuesta del Aikido, como demuestra en uno de sus múltiples consejos: Si tu oponente ataca con fuego, neutralízalo con agua (…) El agua (…) nunca choca ni rompe con nada, por el contrario, absorbe cualquier ataque sin causar daño.

Conectando de nuevo con el pensamiento cristiano, podemos pensar que la única alternativa santa es la que Jesucristo propuso como actitud ante un ataque: “enseñar la otra mejilla”. No obstante, si bien esta máxima puede llegar a acabar con el mal por su poderosa ejemplaridad, centra la resolución del conflicto en la re-educación de los agresores ante el estoicismo de los agredidos. Ello conduce a una extrema injusticia espacio-temporal, ya que las personas malvadas son reacias a corregir su actitud y, hasta que germina su aprendizaje, sufren demasiadas almas. Este es un hecho incontestable a lo largo de todos los conflictos bélicos a los que se han enfrentado las comunidades humanas. Incluso ha sido necesario crear en derecho internacional los delitos de “crímenes de guerra” para defender a las poblaciones civiles. Sin embargo, y por desgracia, podemos comprobar cómo se cometen cada día crímenes de lesa humanidad en conflictos bélicos como los del Este de Europa y Oriente Medio. Ueshiba, en cambio, plantea de manera ejemplar cómo por medio del Aikido se puede proteger a todo el mundo: Las artes marciales [el Aikido] no están relacionadas con la fuerza bruta para destrozar a un oponente, ni con armas letales que lleven al mundo a su destrucción. Las verdaderas artes marciales [el Aikido] se guían por el Ki del universo, guardan la paz en el mundo y producen madurez en todo lo que hay en la naturaleza.

El Aikido, en consecuencia, conforma una solución equilibrada y justa repleta de humanidad, incluso cristiana. Una respuesta de acción benevolente que redirige y controla a través de la máxima: “impedir sin herir”. Con distancia (ma-ai) y movimiento (tai sabaki) se crea el vacío (retiramos la mejilla), y se redirige la agresión hasta controlarla, uniendo nuestro centro (hara) al del prójimo, mostrando que su propia fuerza y abuso son la causa de su derrota. El Aikido de O’Sensei ofrece una alternativa ante una acometida sin quebranto del prójimo, enseña que una errónea actitud se desvía del sentido principal de la vida, por lo que ha de cuidarse en el entrenamiento diario para no ofuscarnos y mantener la serenidad necesaria que busca siempre el camino de la paz. Este fundamento es el que define al Aikido, frente al resto de artes marciales, como “el arte de la Paz”. Ueshiba nos dejó un mensaje absolutamente claro que no existe en otras disciplinas del budo: Transformad las técnicas marciales en un vehículo de pureza, de bondad y de belleza y llegad a ser maestros en esto.

En definitiva, el Aikido no es ineficaz por falta de una respuesta violenta, ya que supera este nivel de percepción del conflicto. El Aikido se halla en un nivel superior de humanidad conectando lo terrenal con lo espiritual. Trasciende la violencia para profundizar en una solución definitiva que rescate a las almas del pozo del conflicto, anulando éste y sus consecuencias, sin vulnerar los derechos del prójimo (principio de protección del prójimo, Ainuke). Ofrece una disciplina colaborativa, por lo cual carece de competición. Una disciplina que en la teoría de juegos asegura que ambos, Tori y Uke, ganan. El Aikido sobrepasa el concepto de modalidad de combate, ofreciendo la solución final, y definitiva: El verdadero guerrero es invencible porque no lucha con nadie. Vencer significa derrotar la idea de disputa que albergamos en nuestra mente.

Concluyendo, es importante destacar que Aikido no es una invención más o menos afortunada. Su fundador, Morihei Ueshiba, ejercitó con maestría y pericia diversas artes marciales, experimentó conflictos, situaciones violentas, y transformó la vía del aiki-”jujutsu” por la de la armonía, aiki-“do”, basándose en lo que hoy se denomina “ética de contención”, en el respeto absoluto del prójimo, y en la actuación prudente, moderada, inteligente, donde la fuerza o la energía trabajan al servicio del espíritu y el respeto por todas las personas (takemusu aiki). Antes de morir advirtió a sus alumnos: En Aikido carecemos de enemigos, nadie es un extraño. Debemos entrenar a diario para conseguir que el mundo sea más pacífico. ¿No es ello suficiente para encumbrar “el Arte de la Paz” en el vértice del Budo? Ueshiba responde ante el enfrentamiento con un Budo de amor: La vía del Budo es hacer del corazón del universo nuestro propio corazón.

Fuentes:

Benitez, G. 2026. El Aikido nació cuando la violencia dejó de alcanzar … Aikido San Luis. https://www.facebook.com/share/p/18CFZ3zyDC
Nagasima, S. 2006. Aikido. Método de entrenamiento. Ed.: Alas. Barcelona.
R.A.E. 2026. Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. https://dle.rae.es/
Ueshiba M. 2009. El Arte de la Paz. Ed.: Kairos. Barcelona.
Ueshiba M. 2011. El Secreto del Aikido Ed.: Paidotribo. Badalona.

Publicado en: Aikizasshi nº 28 (2025) págs. 8 – 9.

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